CERCA DEL INFINITO: EL PROGRAMADOR

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EL PROGRAMADOR

6 de diciembre de 2014

Antes de empezar quería que supieseis que este cuento futurista fue presentado a un concurso que organizó la plataforma digital "La ciudad eficiente". El concurso pedía un relato de planteamiento futurista o de ciencia ficción en el que se presentara en menos de 1.200 palabras una ciudad sostenible del futuro.
Después del fallo del jurado el pasado cuatro de diciembre resultó que no pudo ser, pero igualmente me hizo mucha ilusión descubrir que sin haberlo pedido, mi relato obtuvo algunos votos (aunque éstos solo tenían carácter consultivo y podría haber ganado el concurso aun teniendo cero votos).


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- Buenos días, señor - Keyla comenzó a descorrer las cortinas de la habitación lentamente.
Lorenzo se removió en la cama.
- Dime que es domingo y son las doce - Soltó entre bostezos.
- No, señor. Son las siete y cuarto del veintiocho de marzo de dos mil treinta y cuatro. Martes.
Impecable, como siempre.
- Recuérdame que te desinstale después del café - Lorenzo trató de acertar su pie en la zapatilla.
- Lo haré, señor.
- No, no lo harás - sonrió mientras se arrascaba la cabeza y terminaba de desperezarse camino al baño.
- ¿Una ducha? - Keyla hizo abrir las puertas de la ducha y activó los seis hidrochorros de ésta.
- Buena idea. Prepárame un cappucino y ve proyectando el periódico en la cocina, por favor.
- Por supuesto, señor.

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El día a día de un programador de edificios era un no parar en los últimos años. Lo único bueno era que el gobierno había accedido a la propuesta de los paneles de Graham.
Graham llevaba años luchando por una panelización de los edificios, es decir, una forma de forrar todos los edificios de la ciudad con unos paneles solares ultra avanzados que había diseñado él mismo. Lógicamente todas las compañías eléctricas se habían opuesto a esta propuesta, pero como en los últimos tres lustros la capa de ozono se había deteriorado más y más y las radiaciones solares llegaban con más fuerza que nunca, todas aquellas energías no solares habían perdido la importancia y la prioridad de la que disponían y poco a poco iban cayendo una tras otra. Después de que la principal compañía rival de Graham se hubiese hundido en la más completa miseria, dio su gran salto triunfal. ¿Y qué era lo bueno de todo esto?: pues que la panelización daría paso a un mundo sustentado por renovables y varios millares de puestos de trabajo a instaladores, fabricantes, programadores y demás. Programadores que, como Lorenzo, de otra manera habrían acabado trabajando vendiendo comida basura. Comida natural de esa que solo algunos conservadores y familias con niños se atrevían a llevarse a la boca. Algún día se darían cuenta de que si la OMAA (Organización Mundial de Aceptación de Alimentos) no los aprobaba era por algo.
En ese momento, Lorenzo pasaba ante uno de esos restaurantes. Acto seguido, un graffitti digitalizado que representaba a una chica pin-up le guiñaba un ojo desde el edificio continuo: un taller de retoque de coches gravitatorios.
Meses atrás se había planteado comprar uno, pero dado que las carreteras gravitatorias aún no estaban construidas y disponibles en todos los barrios era una pérdida de tiempo, pues seguramente para cuando estuviesen instaladas en su barrio, los coches ya usasen otra gravedad que les permitiese ir más rápido y su coche se habría quedado obsoleto. Es por eso que, hasta que todas las carreteras del mundo no tuviesen su gravedad modificada para la exclusiva circulación con vehículos compatibles a dicha gravedad, Lorenzo había decidido seguir yendo a pie.
Revisó su teléfono móvil: "Calle Ilustre, el edificio azul, la quinta planta". Era todo lo que el cliente había especificado sobre su domicilio, y dado que no estaba en red desde el día anterior, cabía la posibilidad de que aún no se hubiese despertado.
- Vaya.. - suspiró, y después alzó la vista.
Si había algo que Lorenzo no aceptase de la panelización era el hecho de la pigmentación. Los paneles solares eran capaces de cambiar de color, e incluso de recrear los denominados "graffittis digitales", los cuales, aunque un poco más costosos, estaban dotados de movimiento. "El edificio azul" podía ser cualquiera que fuese naranja, verde, o, efectivamente, azul.
Volvió a mirar su móvil para comprobar la hora y se percató de que la batería semanal llegaba a su fin. Buscó una cabina con la vista, y con suerte encontró una a unos metros.
Deposite moneda
Lorenzo introdujo la moneda en la cabina y puso después su teléfono en el pedestal habilitado para la carga.
Espere unos segundos
Y entonces lo vio: un letrero enorme sobre el portal que tenía delante, el cual rezaba "El edificio azul"
Carga realizada. Pase un buen día
Se apresuró al portal y llamó al quinto piso.

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La puerta se abrió dando paso a un Lorenzo jadeante.
- ¿No ha subido en elevador? - el hombre pareció asombrado.
- Su casa no es la única que necesita una re-programación...
- ¿Otra vez? ¡Es la tercera en dos años! - se quejó - Bueno.. - cambió la expresión - el caso es que Tina ha cambiado de idioma sola y la he apagado hasta que llegase.
- Déjeme ver - toqueteó la base central de programación con maestría durante algunos minutos - Ya está.
Concedió el paso al hombre para que pulsara el botón de encendido.
- Buenos días, señor, le he echado mucho de menos.
- Muchas gracias - Le tendió dos billetes a Lorenzo - Posiblemente le haga volver por aquí por el asunto del elevador... ya sabe.
- Gracias a usted. Yo hago lo que tengo que hacer, pero es usted quien me tiende los billetes.
Y satisfechos empleado y cliente, Lorenzo volvió a bajar las escaleras para alejarse por el mismo camino por el que había venido, pero no para descansar, sino para seguir atendiendo a una sociedad que nunca para de actualizarse.



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